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domingo, 20 de julio de 2008

Desasnándonos...


Hoy tuve que usar la palabra POPURRÍ y de golpe se me despertó la curiosidad por saber el origen de la misma. He aquí lo que averigüé:

Según el DRAE, la palabra popurrí viene del francés pot-pourri que lo tomó del español "olla podrida". Se emplea en general para describir cualquier mezcla confusa de cosas diversas y en música para cantar varias canciones continuas sin que desentonen. Naira Tenerife me cuenta que es un galicismo que procede de un guiso español de la Edad Media que tenía gran variedad de ingredientes. De ahí que se lo llamara "olla poderida", de poder, porque sólo los poderosos podían permitírsela. La evolución del lenguaje determinó que la e desapareciera y empezó a conocerse como podrida. Los franceses, amantes del guiso, lo tradujeron literalmente, es decir, pot-pourri, cuando en realidad es un batiburrillo.

Es interesante como el castellano tomó "popurrí" del francés y este lo tomó del español. Es un poco parecido a la palabra barbecue que los chilenos tomaron del inglés, y este lo había tomado del castellano "barbacoa".

La expresión olla podrida se registra por primera vez en castellano, según el corpus del Corde, en un texto de 1540 : "ayuntan muchos pedacitos y huesos del puerco y echan, si ay, especias y huevos, haziéndolo muy relleno de cosas diversas para echarlo en una olla podrida y combidar a muchos." En francés el primer registro de pot-pourri data de 1564, en el quinto libro de François Rabelais (1494-1553)

En cuanto al comentario tan repetido de que en principio olla podrida se llamaba olla poderida 'poderosa', en mi opinión, es una invención pseudoetimológica de cocineros. Es significativo que la primera mención de la expresión olla poderida es de finales del XIX. Además la palabra poderida nunca ha existido en castellano. El caso es un excelente ejemplo de la importancia de la fabulación a la hora de forjarse etimologías. Una interpretación del filólogo Sebastián de Covarrubias (1539-1613), es que la olla se llama podrida "en cuanto que se cuece muy despacio, que casi lo que tiene dentro viene a deshacerse".

Por otra parte, se suele aducir que el origen de este guiso podría ser la adafina, plato de los judíos españoles del siglo XV, que en el XVI se consumiría por los judíos conversos debido a que la abundancia de cerdo entre sus ingredientes, alejaría sospechas de los inquisidores.

- Gracias: Pedro Menoyo Bárcena

sábado, 21 de junio de 2008

Origen de ciertas frases

La chancha y los veinte

Es una expresión criolla que nació a fines del siglo pasado y fue popularizada por un sainete de la época, así titulado.

Denota a la persona codiciosa que, no conforme con la ganancia que le corresponde en un trato, se empeña en obtener mayores ventajas. Es condensación de otro dicho más largo, "el chancho, la chancha y los veinte lechones", que agrega al abuso una exageración: la cría de una cerda a través de su vida fértil rara vez llega a la veintena. Para abreviar, la idea quedó reducida en su forma actual: "Querer la chancha y los veinte..."

Pero a la picardía popular no le pareció suficiente. Eran tiempos del auge de los frigoríficos y de la explotación de todo lo que se pudiera sacar de un animal. De modo que la frase se usa en locuciones tales como "Fulano pretende quedarse con la chancha, los veinte... y la máquina de hacer chorizos". Ese agregado tecnológico eleva la rapacidad al colmo. Muestra el afán desaforado de quedarse con todo. Y con algo más, de ser posible.

El maestro ciruela

Decimos que alguien es un "maestro ciruela" cuando se empeña en dar a todos lecciones sobre asuntos que conoce poco y mal. La expresión, que viene muy bien para etiquetar pedantes, nada nos informa acerca del maestro ciruela, salvo que "quiere enseñar y no tiene escuela".

En realidad, la frase original no guarda ninguna relación con el ciruelo. Se refiere al pueblo Siruela, una localidad de Extremadura (España), situada a unos doscientos kilómetros de la ciudad de Badajoz (acordarse de Tinelli jaja!!). Ninguno de los trescientos mil siruelenses que hoy la habitan sabe algo acerca de las tribulaciones del personaje. Si fue la falta de edificio escolar o un conflicto docente ocurrido hace siglos lo que lo dejó pegado al dicho. Lo cierto es que el maestro Ciruela (como se lo llamó después) ha quedado como el prototipo del sabelotodo que no sabe nada. Como el inmerecido portador de un apelativo frutal. Como un fantasma extremeño que anda por el mundo tiza en mano a la busca de un lugar con pizarrón.