Gallega de mi alma
No puedo imaginar tu rostro. Es más, tampoco quiero.
Me basta creer que tienes la mirada limpia de la gente buena,
las arrugas nobles que la vida aporta,
los modales aprendidos de una madre como la mía,
la sangre gallega que vive para el trabajo
y el trabajo de ser tú misma cada día.
Me basta con saber que te preocupas por todos
y que eres como una gallina para amparar su cría;
me basta saber que sufres por quienes amas
y amas porque sufres como si fuese tuyo cada dolor,
y gozas cada alegría con la empatía de los justos.
No me llena de curiosidad conocer tu rostro físico
porque conozco el real, el que nunca miente.
Conozco tus manos, tendidas como puentes atravesando el río...
No importa tu voz, cuando tu voz es la de todos;
ni importa tu acento, pues se ha hecho cosmopolita
en la magia del celuloide. Te veo en la penumbra de un cine
recortada tu silueta sobre una pantalla inmensa
arrobada con el gesto hierático de Zully Moreno
o riendo de las ocurrencias de esa Niní a quien hay que educar.
Y en esa penumbra te siento cerca, pendiente de los diálogos
un tanto artificiosos, lista siempre a ponerte de pie
de tan incondicional que es tu admiración, rayana en lealtad.
Por ese motivo, tu rostro no es una urgencia relevante:
es apenas el croquis de un afecto que carece de espacios o tiempos,
ni son importantes la voz o las manos, siempre tendidas y volando
atrapando sueños y fantasmas surgidos del celuloide.
Por eso te quiero, Ferrolana, porque no hay pureza mayor
que la del amor espiritual, la hermandad por elección...
Fuente: Maison Guédé


