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lunes, 24 de agosto de 2026

Luis Majul: "¿Qué pasaría si Milei no insultara?" ✍ (VIDEO)

 

jueves, 6 de agosto de 2026

Milei, ante el peligro de la “rigidez tóxica”, por Carlos Pagni

 

Milei, ante el peligro de la “rigidez tóxica”

El Gobierno emite señales de agotamiento en distintas dimensiones, mientras un cambio en las preocupaciones de la sociedad pone a prueba la plasticidad del Presidente; el estrecho de Ormuz libertario que bloqueó el comercio exterior y el desconcierto de la oposición



Todos los gobiernos, aun los más exitosos, se encuentran con una encrucijada que los obliga a reinventarse. Es decir, a actualizar la lectura del contexto en el que operan. A recrear el compromiso con los ciudadanos, en especial con sus votantes, sobre la base de nuevas promesas. A renovar los argumentos con los que demandan ser apoyados. A diseñar nuevas estrategias de poder. Elaborar esa nueva mañana puede obligar, a veces, a modificar el equipo. La rigidez es tóxica. Sólo la inexistencia de una oposición competitiva puede disimular sus efectos corrosivos. Apenas aparece un adversario desafiante el deterioro se acelera hasta volverse peligroso.

A Javier Milei le ha llegado ese momento. Su gobierno emite señales de agotamiento en distintas dimensiones. Es un fenómeno cuyas causas no se limitan al desgaste de cualquier organización. En el caso de La Libertad Avanza (LLA) existe también un problema político. Se trata de un malentendido con el electorado. Al obtener una victoria significativa en las elecciones parlamentarias, deja la impresión de haber conquistado el poder para remover los principales problemas del país. Sin embargo, esos comicios no terminan de dotar al Poder Ejecutivo con las herramientas necesarias para despejar las piedras del camino. Ese desajuste entre el clima de triunfalismo y las limitaciones operativas agrava la frustración, en un momento en que la sociedad ya no imputa sus dificultades a la herencia de administraciones anteriores sino a la gestión del que está al mando del timón. Le pasó a Alfonsín en 1985. Le pasó a Macri en 2017.

La imagen de un gobierno agotado aparece, en principio, en las encuestas. Se fue Manuel Adorni, sigue bajando la inflación, pero la opinión pública insiste en alejarse de Milei. El Índice de Confianza en el Gobierno de julio, publicado por la Universidad Torcuato Di Tella, registró un bajón mensual de 6,5%. La caída acumulada desde finales de 2025 fue de 21,5%. Una antigua y misteriosa correlación establece que ese índice equivale a los votos que obtendría el oficialismo en el momento de su elaboración. En este caso, Milei sacaría 38,8% y estaría obligado a un balotaje. Por supuesto, es un escenario artificial con el que sólo se pretende poner en evidencia que el experimento de LLA tocó un piso.

Otros estudios convergen en el mismo diagnóstico. La consultora Poliarquía, que lidera Alejandro Catterberg, detectó en julio que el 66% de los consultados prefiere un cambio respecto de la situación actual, mientras que sólo 33% pide la continuidad. Hugo Haime descubre una situación parecida cuando pregunta si el modelo económico debe ser mantenido o modificado. Un 35% quiere que se mantenga y un 65% opina que sea abandonado. Cuando Haime indaga en el clima emocional advierte que 34% dice tener bronca y 39% confiesa estar triste. Sólo 20% se muestra esperanzado.

En la encuesta de Haime hay una novedad interesante. Por primera vez en muchos meses las limitaciones del poder adquisitivo del salario preocupan más que la corrupción. Un viejo axioma de la vida pública asegura que entre las enigmáticas motivaciones que orientan el voto la más importante es el tamaño del poder adquisitivo del salario. Es imposible no pensar que las restricciones salariales están detrás del malestar preponderante que consignan los estudios de opinión.

Otro dato importante: en la jerarquía de desvelos de los encuestados, hace rato que el principal problema del país dejó de ser la inflación. Ahora ocupa el séptimo renglón. Es más que una curiosidad. Es un mensaje frente al que Milei debería sentirse muy interpelado. La agenda pública ya no es la que regía cuando él llegó al poder. Cambió, entre otras razones, por su propia intervención en el proceso. Para sintetizar: hoy la gente habla de otras cosas. De que el sueldo queda corto, de que se comprime el consumo o cae la producción. Esta mutación pone a prueba la plasticidad del oficialismo para mantener el consenso social.

Sobre el cuadro general de estas demandas se recorta una situación particular cada vez más acuciante: el peso que tiene sobre las familias el pago de las deudas contraídas con entidades financieras más o menos formales. Como acaba de detallar Luciana Vázquez en LA NACION, en la sociedad apareció una nueva categoría: la de los morosos.

Según la Central de Deudores del Banco Central, 20,9 millones de personas tiene algún tipo de deuda financiera. De ese universo, 5,8 millones registraban al menos una deuda con más de 90 días de atraso hacia mayo de este año. Es el 27,8% de todos los deudores. Entre mayo de 2025 y mayo pasado, los morosos aumentaron de 3,43 millones a 5,83 millones. Quiere decir que en un año aparecieron 2,39 millones nuevos.

Este fenómeno, que ha tomado el centro del debate sobre el impacto de la economía en la vida familiar, es un banco de pruebas muy revelador de las dificultades del Gobierno para sintonizar con sectores importantes de la sociedad. Sectores en los que, es muy probable, haya antiguos votantes de LLA. El Presidente les explicó que, si no pueden pagar sus deudas, están atrapados en un problema entre privados, en el que el Estado, es decir él, no va a involucrarse.

En principio, es una afirmación muy útil para advertir los límites de la dogmática económica a la que se abraza Milei. La suposición de que los agentes económicos toman decisiones libres, que se sostienen en una información perfecta. Para mirar el problema desde esas premisas hay que olvidar varias evidencias. Una de ellas es que ese mundo de deudores está compuesto por muchísimos individuos carentes de información, acuciados por necesidades perentorias, que tienen una relación muy rudimentaria con el sistema financiero. La morosidad se presenta, además, fuera del sistema bancario, en esa suerte de far west digital en el que las billeteras y aplicaciones operan al margen de cualquier regulación, aplicando tasas de usura y fomentando la toma de crédito de gente con poca o nula información en un contexto de baja transparencia y escasísima educación financiera.

Pero el discurso oficial no ignora sólo esas condiciones objetivas. También resulta ajeno a la responsabilidad del Gobierno en la bola de nieve que se formó. Porque muchos de los que se endeudaron lo hicieron obedeciendo a señales emitidas por la propia política económica. Es verdad que el Banco Central no fija en la Argentina la tasa de interés. Pero toma medidas que la determinan, como el establecimiento de la cantidad de moneda y el diseño de la política de encajes. El equipo económico de Milei provocó una baja de tasas espectacular para licuar los pasivos del Banco Central. Fue uno de sus objetivos principales en los primeros meses de ejercicio del poder. Un objetivo sacralizado por Milei. Era previsible que el sector público con esa política induciría al endeudamiento, con el afán adicional de producir una reactivación.

Esa estrategia fue revertida por la contraria: una inducción por vías indirectas a un aumento fenomenal de la tasa de interés para frenar la corrida cambiaria de mediados de 2025. Crisis que se obturó con el cheque de Scott Bessent, al que Milei ahora atribuye un papel secundario en la normalización cambiaria y crediticia.

Estas fluctuaciones son la consecuencia de políticas públicas que condicionan muchísimo los contratos entre privados. Sin mencionar otra variable siempre presente en los programas de estabilización: la decisión de los gobiernos de poner un tope a los aumentos de salarios. Es decir, a los ingresos de los deudores. Ingresos que se han ido ajustando por otra razón que tal vez explique la caída de popularidad del gobierno libertario: el peso creciente que ha ido adquiriendo el pago de los servicios en el salario formal. Según el Observatorio de Tarifas y Subsidios que lideran Alejandro Einstoss y Julián Rojo, en julio el pago de servicios públicos se lleva un 15% del salario formal promedio. Esa participación era del 6% a finales del gobierno de Alberto Fernández, donde el reparto de subsidios era generalizado, y fluctuó entre 10 y 14% entre 2024 y 2025. Cada vez más gente debe optar entre pagar la luz o el gas o cumplir con su deuda financiera. Es obvio que la gran mayoría elige lo primero.

Milei parece menospreciar el peso de sus decisiones económicas en el problema que se ha creado. Tal vez sea víctima de una restricción ideológica para leer el mapa completo. Esa obstinación conceptual le hace perder de vista también algunas de sus propias conductas. Por ejemplo: en el artículo 14 del proyecto de ley de reforma de la Carta Orgánica del Banco Central que envió al Congreso, se conserva un párrafo que adjudica a esa institucional la facultad de “regular las condiciones del crédito en términos de riesgo, plazos, tasas de interés, comisiones y cargos de cualquier naturaleza”. En otras palabras: como reformador del Central Milei es mucho más sensato que como entrevistado televisivo. Entiende que es inconcebible reducir la actividad crediticia a una transacción en la que el sector público resulta por completo prescindente. La religión austríaca, en este tramo al menos, pistonea.

Luis “Toto” Caputo fue más allá. No sólo se mostró insensible al generalizado problema de los morosos. Se preguntó si las víctimas de esas fluctuaciones en la tasa crediticia, que terminan condenando a innumerables familias a la angustia de una deuda que no pueden pagar, no serían especuladores que apostaron en falso a una suba del dólar que después no se produjo.

Esta explicación de Caputo es inquietante no por razones técnicas sino políticas. Revela que el oficialismo carece de figuras que puedan conectar con los sinsabores materiales y la intimidad anímica de aquellos cuyo desasosiego hay que despejar o, por lo menos, contener con la explicación. Caputo podría informarse dentro del propio gabinete, con gente que está advirtiendo esta tormenta desde hace seis meses, que en el conurbano más pobre se han multiplicado los asesinatos de cobradores que golpean la puerta para reclamar pagos en nombre de “financistas” informales.

Conviene retirar el foco de las cuestiones particulares y mirar una deficiencia estructural. Milei puede pensar la vida material con categorías que no incluyen inconvenientes que se pueden ir transformando en dramas. Reniega de la teoría del derrame pero, cuando debe demostrar por qué su estrategia terminará reanimando la base productiva recurre, igual que su ministro Caputo, a la teoría del derrame. El núcleo de esa explicación es problemático: resuelta la macroeconomía, todo lo demás viene por añadidura. Esa lógica implica que, en poco tiempo, el oficialismo podría decir: “Misión cumplida. Ahora a esperar los brotes verdes”. Dicho de otro modo: es también por su propia concepción teórica que el Gobierno parece un gobierno agotado.

Pero esa percepción también se alimenta en el discurso. La respuesta a las inquietudes del público resulta cada vez más agresiva. No sólo en el tono. También en los argumentos. Llamó la atención, por ejemplo, que Milei haya sostenido en la última entrevista con Luis Majul que, cultivando supuestas teorías de Gamsci, Cristina Kirchner infiltró las universidades, la prensa y el mundo de los economistas de terroristas encubiertos. Es un terreno en el que el proyecto libertario tocó un límite. La agresividad verbal puede ser recomendable para llegar al poder. El Presidente lo demostró en su campaña contra la “casta”. Pero suele ser estéril, o contraproducente, cuando ese estilo se proyecta desde el poder.

La Casa Rosada carece hoy de un dirigente con habilidades para que las posturas oficiales obtengan consenso. Santiago Caputo, el “Mago del Kremlin”, consumió casi toda su energía en una pelea interminable con Karina Milei y los primos Menem. A Diego Santilli se lo comió la coyuntura en dos semanas. Él, que jamás se animó a pelear con nadie, quiso dar la primera trompada de su vida de la peor manera: pidiendo la renuncia de la vicepresidente Victoria Villarruel. Le hizo de eco el canciller Pablo Quirno. Otra señal de un oficialismo que se devora a sí mismo. Milei no tiene una espada inteligente desde que se desprendió de Guillermo Francos. Tal vez sea hora de recuperarlo.

Su propio estrecho de Ormuz

Una señal más de extenuación es la excentricidad regulatoria. Por ignorar que a los puertos argentinos se ingresa por canales y que, por lo tanto, los prácticos son imprescindibles, el Gobierno armó su propio estrecho de Ormuz bloqueando el comercio exterior un par de días. Otra ocurrencia extraña: promover una ley que facilite la extranjerización de tierras en medio de un brote nacionalista incentivado por el propio Presidente, que denunció una campaña internacional contra la Argentina con motivo del Mundial. Volvé Francos, te perdonamos.

Hay otro síntoma típico de los líderes fatigados. La huida hacia la política internacional. Hacia ese universo mucho más abstracto y por eso más comprensivo de extranjeros que sí saben valorar lo que se está haciendo. Milei está involucrado en una de las jugadas que más interesa a Donald Trump: lograr que en Brasil se imponga un gobierno aliado que vuelva más verosímil la doctrina “Donroe”. Sin administraciones amigables en Canadá, México y Brasil, es imposible presentar al continente como una zona de influencia norteamericana en el conflicto global con China.

Milei se propuso prestar servicios a Trump en esa campaña. Es la razón por la cual se dirigió a San Pablo y, en el lanzamiento de la candidatura de Flavio Bolsonaro, insultó a Lula da Silva y al juez Alexandre de Moraes, que tiene su propio entredicho con el presidente de los Estados Unidos. El gobierno brasileño expresó su disgusto llamando en consulta al embajador Julio Bitelli. El canciller Quirno intentó encauzar la pelea distinguiendo la relación bilateral entre Estados de los choques ideológicos entre partidos de gobierno. Pero su jefe insistió en insultar a Lula. Brasil anunció que Bitelli permanecería en su país por tiempo indeterminado. Y reclamó al representante de la Argentina, Guillermo Raimondi, que regrese a Buenos Aires.

Es la primera vez que la relación argentino-brasileña queda en el nivel de los encargados de negocios. El paso siguiente sería consolidar esa situación con el retiro definitivo del embajador. En los últimos tiempos la diplomacia brasileña sólo dispuso esa medida en Corea del Norte, cuando ese país amenazó con lanzar misiles nucleares, y en Sudáfrica, durante el apartheid.

Los ataques de Milei son un movimiento del ajedrez global. Ese ajedrez se juega en las elecciones brasileñas. Un indicio de esa dimensión es que el hierático Xi Jinping emitió una declaración a favor de Lula, su socio en el club Brics. Tuvo una respuesta oblicua de Peter Lamelas, el representante de Trump en Buenos Aires: anunció que se revocaba la visa para ingresar a su país a ejecutivos de una empresa neuquina que contrataron la tecnología de Huawei para su operación en Vaca Muerta. Es posible que no sean las últimas visas que se cancelan.

Otra señal de que se está jugando una partida de gran alcance fue el cruce entre Washington y Brasilia por la designación del embajador norteamericano en Brasil. En lo que fue una sospechosa distracción, el Departamento de Estado hizo público el nombre de ese representante sin pedir el plácet correspondiente al gobierno brasileño. Lo hizo tarde. Itamaraty, la cancillería de Brasil, todavía no contestó. Ese silencio está durando lo suficiente como para que se interprete que el embajador designado por Washington ha sido rechazado. Por eso el gobierno de los Estados Unidos retiró la visa a la embajadora de Brasil.

Es la segunda gran intervención de Trump en la política brasileña. El año pasado subió los aranceles al comercio en represalia a la penalización a su amigo, el expresidente Jair Bolsonaro, por haber intervenido en un intento de golpe de Estado. En aquel momento la imagen de Lula mejoró en las encuestas. Y la de los Bolsonaro se deterioró. Trump aspira a contar en octubre con un triunfo de la derecha de Brasil como insumo para sus propias elecciones de noviembre. Lula quiere que se repita el efecto del año pasado. Sueña reencarnar a un genio de la América latina populista. Sueña con repetir la campaña “Braden o Perón”.

Para el presidente de los Estados Unidos la encrucijada no es dramática. La elección brasileña es bastante pareja, con leve ventaja para Lula. Si el líder del PT reelige, habrá que reajustar el vínculo bilateral, como ya ocurrió a comienzos de año. Milei está en otra situación. Una victoria de Lula sería para él más complicada por una razón muy evidente: no cabe duda alguna de que por los próximos 10 millones de años la Argentina seguirá siendo vecina de Brasil.

Mientras se desliza hacia abajo en las encuestas, el Presidente cuenta con un activo inestimable. Una oposición desconcertada, liderada por un peronismo incapaz de aprovechar que la opinión pública realiza demandas familiares a su sensibilidad. El PJ está en una frecuencia extravagante, como se notó en su última cumbre, donde el gobernador de La Rioja prometió dar marcha atrás con todas las reglas que favorezcan la inversión. Se llama Ricardo Quintela. Le dicen “el Gitano”. Milei tal vez no tenga urgencia en reinventarse. En el rincón menos esperado encontró a su jefe de campaña.

sábado, 25 de abril de 2026

MILEI: Entre la obsesión con Israel y la TRAICIÓN a sus jóvenes militantes | Editorial de El Presto (VIDEO)

🔴 En este durísimo editorial titulado “Internas despiadadas y jóvenes traicionados”, El Presto expone cómo el gobierno de Javier Milei se encuentra cada vez más encapsulado en una realidad paralela, desconectado de los problemas reales de los argentinos. A través de una comparación directa con el kirchnerismo, se plantea que tanto militantes oficialistas como opositores niegan la realidad económica, la pobreza y la inflación, evidenciando una grieta sostenida por fanatismos ciegos.

El análisis profundiza en una de las críticas más fuertes: La Libertad Avanza terminó convirtiéndose en un “kirchnerismo violeta”, incorporando a dirigentes, estructuras y prácticas que prometía combatir. Desde ANSES, PAMI, el Congreso y distintos niveles del Estado, el relato denuncia que los mismos actores siguen vigentes, mientras la “casta” no solo no desapareció, sino que fue integrada al nuevo oficialismo. Uno de los ejes centrales es la traición a los jóvenes que apoyaron el proyecto libertario. Aquellos que soñaban con un país sin privilegios, sin planes sociales para quienes no trabajan y con oportunidades reales, hoy se sienten defraudados. El video denuncia el aumento de planes sociales, la falta de respuestas económicas y la frustración de quienes militaron el espacio y hoy enfrentan el enojo de su entorno por haber confiado en Milei. Además, se exponen nombres y situaciones polémicas dentro del oficialismo: la salida de figuras como Mondino, Ocampo, Marra o Casieles; el ingreso de dirigentes cuestionados; denuncias contra figuras como Sebastián Pareja; y escándalos que salpican al armado político. Todo esto acompañado de una fuerte crítica a la falta de rumbo, la ausencia de gestión y la creciente degradación institucional. El editorial también apunta directamente contra la obsesión de Milei con Israel, señalando sus reiterados viajes y su alineamiento internacional mientras la situación argentina empeora. Según el análisis, el presidente prioriza vínculos ideológicos y simbólicos en el exterior, mientras desatiende la economía, la educación, la industria nacional y los problemas sociales del país. Finalmente, el mensaje busca generar una reflexión profunda: el sistema político está agotado y la solución no pasa por volver a los mismos de siempre. El Presto llama a la autocrítica, a la unidad social, al esfuerzo individual y a recuperar valores básicos como sociedad. Un cierre potente que advierte sobre el futuro del liberalismo en Argentina y la necesidad urgente de un cambio real, lejos de promesas vacías y estructuras corruptas.

jueves, 29 de enero de 2026

Jorge Fontevecchia lapidó a Milei en su editorial (VIDEO)

 

Bueno... entre bomberos no deberían pisarse la manguera... 😋



miércoles, 12 de noviembre de 2025

🗣| Milei vs. Macri: un parricidio a fuego lento

🗣| Milei vs. Macri: un parricidio a fuego lento

Las últimas milanesas dejaron más chisporroteos. Los hermanos presidenciales siguen canibalizando al Pro

✍| Pablo Sirvén

Cuando Alejandro Romay recuperó el mando de Canal 9, en los albores de la presidencia de Raúl Alfonsín, se encontró con una situación ideal para doblegar y superar a sus competidores.

Los que estaban a cargo de las otras emisoras –todas estatales– eran funcionarios con poca cintura para manejar una televisión de perfil comercial con picardía y agresiva rentabilidad. Si acaso la pegaban con algunos programas exitosos apreciados por la audiencia, el “zar” indefectiblemente los sobrevolaba como un águila hasta hacerse de esas valiosas presas. Se las llevaba a su pantalla sin pedir permiso ni agradecer a los ejecutivos birlados.

Algo parecido le pasa a Mauricio Macri con Javier Milei. Su gobierno se surtió desde el primer momento de figuras estelares de la agrupación del expresidente. Los convocó como ministros y para cubrir segundas y terceras líneas de su administración. La última de esas rutilantes incorporaciones ha sido la de Diego Santilli, flamante ministro del Interior.

Histriónico y personalísimo en sus decisiones como Romay, Milei tampoco pidió permiso para llevarse a dirigentes que fueron parte del staff macrista para cubrir puestos relevantes de la actual gestión. Ni siquiera le dio las gracias. Los tomó de un manotazo, los hizo propios y los cinceló a su imagen y semejanza: de la moderación gradualista macrista varios de ellos trocaron a efusivos conversos mileístas.

Desde que Macri le ofrendó al líder libertario su cartera de votantes al día siguiente de que Juntos por el Cambio quedara fuera de juego en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2023, el fundador del Pro viene proponiéndole sin éxito distintos tipos de acuerdos con su partido y no hay caso. Aupado por ese desprendimiento generoso de Macri, Milei se impuso holgadamente a Sergio Massa en la segunda vuelta y se convirtió en presidente de la Nación. Allí empezó otra historia.

Milei nunca se sintió obligado a ningún tipo de asociación formal con su inesperado promotor que ya venía haciendo gestos a su favor ya que poco disimuló, durante la campaña preelectoral, que estaba más embelesado con el libertario que con Patricia Bullrich, la candidata de Juntos por Cambio y, ni digamos, que con Horacio Rodríguez Larreta, eliminado en las PASO por la actual ministra de Seguridad y flamante senadora electa.

De dos años a esta parte, Milei solo retribuyó con magras milanesas y alguna que otra entraña esporádica. También lo alimentó recurrentemente con falsas expectativas de que en algún momento sus consejos empezarían a ser escuchados y puestos en marcha. Nunca pasó. Pero jamás se le cayó de la boca el lisonjero “presi” para rotularlo, como una suerte de microscópica distinción cariñosa acompañada de unas palmaditas en la espalda a la hora de los saludos. No más que eso.

En los momentos más ásperos de esa peculiar relación llegó a calificarlo de “llorón” y de “estar grande”, además de no sentir la necesidad de verlo durante un año. A pesar de tantos desaires, Macri aceptó humillantes alianzas con La Libertad Avanza para la frustrante elección bonaerense (en la que se le endosó parte de la derrota) y para la triunfal elección nacional (celebración exclusivamente libertaria).

A pesar de su ascendencia calabresa, por algún tiempo Macri manejó con resiliente aguante tanto desplante. Pero se cansó: últimamente empezó a darles mayor voltaje a sus consideraciones públicas al respecto. Por lo pronto, criticó duramente la salida de Guillermo Francos de la jefatura de Gabinete y su reemplazo por Manuel Adorni, aunque después ponderó la llegada al gabinete del ya más violáceo que amarillo Santilli.

Pero en el foro Abeceb, en Puerto Madero, Macri volvió a la carga al cuestionar a las “personalidades narcisistas” y a los “líderes que ni escuchan ni les importa lo que digan los demás”. No hizo falta que aclarara a quién se refería.

Es muy curiosa la relación intermitente, de atracción y rechazo, establecida entre Milei y Macri que ninguno de los dos quiere, o puede, cortar del todo.

Recientemente el exmandatario hizo un anuncio audaz: Pro tendrá candidato propio para las elecciones presidenciales de 2027. Pero si la remontada que comenzó a partir de la asistencia norteamericana no se corta, el gobierno libertario suma otros logros y el peronismo sigue en su laberinto (“secuestrado por el kirchnerismo”, Macri dixit), Milei aspirará a la reelección y el Pro tendrá pocas chances como “segunda marca”.

Aunque Javier Milei no sea muy consciente de ello –o sí, quién sabe–, el “plan desgaste” que aplica a Macri (con la autoría intelectual de su hermana, jacobina de La Libertad Avanza y aficionada a disecar lo más posible al Pro) se parece mucho a un parricidio político progresivo, pero inexorable. (LN)


sábado, 1 de noviembre de 2025

viernes, 24 de octubre de 2025

🗣️| *Trampas y dilemas del desencanto electoral*


Desgano y apatía parecen definir el clima que envuelve a la ciudadanía ante la elección de medio término; una especie de “desmotivación cívica” se ha convertido en la nota saliente del paisaje político ✍️| *Luciano Román*/La Nación *Un periodista y escritor cuenta en una entrevista que está “divorciándose” de la Argentina*, aunque eso no implica irse a vivir afuera, sino simplemente “dejarse de hablar” con el país; tomar distancia emocional y apartarse de la conversación pública. *En la sobremesa de una reunión social*, *dos profesionales coinciden* en que, por primera vez en su vida, este año decidieron no ir a votar. La edad ya los exime de la obligatoriedad. Nadie a su alrededor intenta convencerlos de que lo hagan. Otros cuentan que irán el domingo a las urnas, pero “sin ningún entusiasmo”. Esa mezcla de desilusión, desgano y apatía parece definir el clima que envuelve a la ciudadanía ante la elección de medio término. *Una especie de “desmotivación cívica” se ha convertido en la nota saliente del paisaje electoral*. Aun muchos de los que tienen claro su voto en una u otra dirección muestran falta de interés, como si se tratara de una opción resignada, “a reglamento”. La conversación política ha perdido intensidad. En mesas familiares o de amigos, en las que antes ocupaba un lugar central y convocaba, incluso, cierto tono apasionado, hoy el tema se elude con naturalidad. Las series de Netflix, el deporte y el anecdotario personal desplazan casi por completo el análisis o las discusiones sobre las vicisitudes políticas. Eso no se ha producido por las buenas razones, que serían que la cosa pública marchara más o menos bien y el interés ciudadano se deslizara hacia otros temas, sino por el hartazgo y la fatiga que genera el tono del debate público. Hay una muletilla que, aún a riesgo de empobrecer el lenguaje, sintetiza de algún modo ese estado de ánimo: “¿*Qué querés que te diga*?”. Se recurre a ella con tono casi melancólico en el que subyace el desencanto, pero, a la vez, la intención de replegarse, de no opinar ni a favor ni en contra, tal vez para no sumarse al coro de afirmaciones o descalificaciones tajantes que imponen los núcleos fanatizados que hoy dominan la política.
*Muchos encuentran pocas razones para defender en público su opción electoral*. “Una cosa es que los vote y otra que los defienda”, dice con franqueza alguien que intenta resumir el espíritu de ese voto a reglamento. Las convicciones y los argumentos se han ido debilitando. Se impone, además, un clima de incertidumbre política y económica en el que creer cuesta cada vez más. *La indiferencia se refleja en la campaña electoral*. A pocos días de la elección, casi no se ven en las ciudades las clásicas mesas partidarias en las que se reparten volantes y boletas. Los actos políticos parecen un formato en extinción, mientras muchos candidatos eluden incluso las entrevistas para no exponerse a preguntas o definiciones incómodas. Salvo las breves incursiones del Presidente por capitales del interior y algunos distritos del conurbano, no hay casi movilizaciones electorales, mucho menos que dependan de una participación espontánea. Los dirigentes parecen hablarles solo a sus militantes, lo que acentúa en muchas personas esa sensación de quedar afuera. *El diagnóstico está claro*. Las encuestas confirman que un amplio sector del electorado (entre el 60 y el 70 por ciento, según varios sondeos) está “desenganchado” del debate político. Un análisis coincidente de varias consultoras señala que el 81 por ciento de las menciones en redes sociales sobre el proceso electoral son negativas. El termómetro del ánimo social de la encuestadora Moiguer revela que, por primera vez desde que asumió Milei, el pesimismo se impone sobre el optimismo: ya son mayoría los que creen que el futuro “será peor”. Surge, entonces, una pregunta de fondo: ¿cuáles son las consecuencias a mediano y largo plazo de este clima en el que la desesperanza se combina con indiferencia, fatiga y apatía ciudadana?
*El fenómeno parece esconder una trampa*: *la degradación de la política alimenta ese clima de decepción*, pero el desánimo favorece, a la vez, el deterioro del sistema político. Parece un juego de palabras, pero en esa paradoja se resume el peligro del repliegue ciudadano. ¿Cómo surgirían nuevos liderazgos si no es con la participación y el compromiso de un electorado activo e interesado en promover determinados cambios? *Por acción o por omisión, la actitud de la sociedad siempre resulta determinante*. Retirarse puede implicar cierta comodidad, pero también es una elección. Si se consolidara esa suerte de “exilio cívico”, el poder quedaría en manos de minorías sostenidas por núcleos duros y fanatizados. Se debilitaría más la representatividad democrática y se produciría, tal vez de una manera gradual e imperceptible, una erosión del propio sistema institucional. *En esta atmósfera, se hace más difícil la incorporación de nuevos actores en la escena política.* Se ve, entonces, un dominio de “los de siempre”, los que viven del Estado y de los cargos, y la aparición de figuras que, sin tener nada que perder, se meten en la política casi como un juego de vanidades y excentricidad. El desánimo ha hecho que muchos ciudadanos se retiren del debate y la participación electoral, pero también ha promovido el exilio interior de un gran número de dirigentes y funcionarios valiosos que se han ido no solo de la competencia política, sino también de la discusión pública: optaron por el ostracismo. *El desgano colectivo*, sin embargo, tendría consecuencias más allá de la puja electoral. ¿Puede crecer y evolucionar una sociedad si no es sobre la base de expectativas y una dosis de entusiasmo racional? El desinterés se expresa con una mayor nitidez en la instancia de ir a votar, pero también tiene manifestaciones silenciosas que son más difíciles de identificar. La pérdida de confianza en la política determina decisiones personales, empresariales e institucionales. ¿*No hay una conexión entre la apatía electoral y la intención de muchos jóvenes de irse del país*? ¿No se explica por ese mismo fenómeno la resistencia de millones de argentinos a sacar los dólares del colchón o a traerlos del exterior? ¿El repliegue cívico no va acompañado de un repliegue de la iniciativa privada? El pesimismo y la desesperanza, ¿no debilitan la vitalidad de una sociedad?
*Si reconocemos esas conexiones, surge, inevitable, otra pregunta incómoda: ¿cómo se recuperan la confianza y las expectativas en un país que carga con pesadas frustraciones y desencantos sucesivos*? Nadie podría negar, por supuesto, que ese clima de apatía y decepción tiene buenos argumentos en una Argentina que ha oscilado entre un fracaso y otro. Pero ¿cuál es la opción? ¿Divorciarse del país como propone alguien con espíritu provocador? ¿O asumir nuestra responsabilidad ciudadana y esforzarnos en la búsqueda de nuevos liderazgos y en marcar los límites que creamos necesarios? *Es cierto que las expectativas duran cada vez menos* y que muchos procesos que despertaron la ilusión de algo mejor o algo nuevo han defraudado a buena parte de sus electorados, convirtiéndose en fenómenos fugaces. La impaciencia social también es una marca de estos tiempos, y la dirigencia en general debe lidiar con ella. En ese contexto, hay, como siempre, un desafío para la política, pero también para la sociedad. *La Argentina necesita dirigentes capaces de proponer nuevas ideas, generar confianza y trazar un horizonte*, pero también necesita una ciudadanía dispuesta a asumir su responsabilidad en ese juego. Tal vez *sería una buena noticia que asomara la prudencia electoral, que no es lo mismo que la indiferencia y la apatía, sino que se parece más a la actitud selectiva y racional de un votante responsable*. Los entusiasmos coyunturales nunca han sido muy propicios, y de hecho merecerían una autocrítica de amplias franjas del electorado. ¿No ha dominado cierto pensamiento mágico en la búsqueda de atajos, liderazgos mesiánicos y soluciones súbitas? Pero la angustia que se expresó alguna vez en el “que se vayan todos” tampoco ha sido un camino a la normalidad. ¿Aprenderemos de nuestras propias frustraciones? ¿Nos dejaremos vencer por la desesperanza? ¿Haremos de la desilusión una sentencia definitiva o será un impulso para la construcción de alternativas? *El domingo que viene se empezarán a bosquejar las respuestas*.

domingo, 28 de septiembre de 2025

🚨🔥💣"Ahora la incógnita es Milei", editorial de Carlos Pagni de lectura obligatoria

 

Ahora la incógnita es Milei

De todos los enigmas de la vida pública, el más importante es cómo interpretará el Presidente lo que pasó en Estados Unidos; la ayuda de Washington es un cheque del emperador, que se emite por afuera del laberinto burocrático de los préstamos internacionales


El gobierno de los Estados Unidos despejó una incógnita que amenazaba con corroer cada día más la estabilidad de Javier Milei. El Presidente organizó toda su política detrás de un objetivo: bajar la inflación y ganar las elecciones exhibiendo ese trofeo. Como todos los antecesores que se fijaron ese propósito, utilizó como herramienta principal la política cambiaria. El Estado defendería una paridad peso-dólar cueste lo que cueste. El mercado, convencido de que el Banco Central no contaba con las reservas suficientes, desafió a las autoridades. Y el peso comenzó a depreciarse más y más. Aun así, Luis Caputo, el ministro de Economía, amenazó con gastar hasta la última divisa para defender esa cotización predeterminada. En consecuencia, la incertidumbre cambiaria se expandió también al mercado de deuda. Los tenedores de bonos temieron que, sin dólares, el Estado entraría en cesación de pagos. La presunción de que el Gobierno podría renovar su deuda a una tasa razonable en el sistema internacional se volvió cada vez más controvertida.

Para cumplir con sus compromisos, el gobierno de Milei debería comprar los dólares necesarios. Para el año que viene, casi 20.000 millones. Esa perspectiva modificaba el horizonte por completo. El económico y el político. “Vivir con los nuestro” significaría un tipo de cambio más caro, menos importaciones y, al menos por un tiempo, menos producción y menos consumo. Ante este panorama, la corrida cambiaria se aceleró. Y el riesgo-país, que indica la capacidad del Estado para honrar su deuda, se disparó. El problema ya no estaba instalado en el mediano plazo de la segunda mitad del mandato. La pregunta empezó a ser cómo llegaba el Gobierno a las elecciones del 26 de octubre. En el caso de Caputo, el interrogante era si llegaba.

En medio de este panorama turbulento irrumpió Donald Trump para rescatar a su amigo Milei. Su secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció a quienes poseen títulos públicos argentinos nominados en dólares que su país podría comprárselos. Más aún, aseguró que la Argentina podría financiarse emitiendo bonos para que los adquiera el gobierno de los Estados Unidos. Además, es posible que el Banco Central fortalezca sus reservas con un intercambio de monedas con los Estados Unidos. Es decir, ya no habría que inquietarse por la posibilidad de un default. Ni siquiera habría que preocuparse porque el gobierno de Milei no lograra financiarse en el mercado.

Como puede advertirse, se trata de un compromiso inédito, con consecuencias todavía misteriosas. Para empezar con las novedades. Este auxilio es distinto del que suele prestar el Fondo Monetario Internacional. El Fondo es una maquinaria comandada por un conjunto de países. Otorga ayudas contra programas que pueden, o no, cumplirse. Las responsabilidades del deudor son difusas, igual que los costos del acreedor. La ayuda que anunció Bessent es de otra naturaleza. Es un cheque del emperador, que se emite con prescindencia del laberinto burocrático de los préstamos internacionales. Además, Trump y Bessent quedan atados en buena medida al éxito de Milei. En especial frente a sus opositores internos.

Ese involucramiento con la gestión de Milei es tan intenso que afloró en algunos detalles insólitos del comunicado de Bessent. Por ejemplo, cuando reveló que “estamos trabajando con el gobierno argentino para poner fin a la exención fiscal para los productores de materias primas que convierten divisas”. Con un enfoque massista de la política cambiaria, Bessent admitió que él se sumó a la extorsión que las autoridades realizan a los productores agropecuarios para que, liquidando sus granos, fortalezcan las reservas del Banco Central. Lo que implica una confesión inesperada: el Tesoro de los Estados Unidos avala la política de retenciones. Resulta tan inverosímil que muchos observadores apostaban a que había una falla en la redacción del texto.

¿Cuáles son los requisitos para acceder a esta ayuda? Una pista para responder esa pregunta. Durante todo el fin de semana, funcionarios del Tesoro estuvieron trabajando con técnicos del Fondo para evaluar la situación argentina. En el Fondo existe un marcado malhumor con Caputo. Nada novedoso. Memoria histórica. Nigel Chalk, el nuevo director del Departamento para el Hemisferio Occidental, recuerda muy bien las discusiones de 2018 entre su jefe de otrora, David Lipton, y Caputo, por entonces presidente del Banco Central argentino. ¿El motivo? La reticencia de Lipton a que el Estado desperdicie sus reservas monetarias para intervenir en el mercado de cambios. Se entiende, entonces, que la frase “me voy a gastar hasta el último dólar”, haya caído pésimo en el Fondo. Por esta razón muchos analistas prevén que el gobierno de Milei deberá aceptar la flotación plena del tipo de cambio, es decir, la eliminación del régimen de bandas, a cambio del auxilio anunciado por Bessent. La otra condición que el Fondo espera ver cumplida es la compra de reservas por parte del Central, que Caputo y su equipo, por orden de Milei, suspendieron. En definitiva, podría esperarse una reforma de toda la política cambiaria.

Entre las razones a las que apeló para justificar su respaldo a la Argentina de Milei, Bessent habló de motivos geopolíticos. El espaldarazo de Trump es el espaldarazo de un presidente que protagoniza un conflicto creciente con China. Por lo tanto, el salvavidas lanzado hacia Buenos Aires pretende reforzar un alineamiento internacional. No sería descabellado pensar en que el Tesoro le pedirá al gobierno argentino que revierta el acuerdo de intercambio de divisas que mantiene con los chinos.

En el trato con Milei se advierte que Trump aprendió de Xi Jinping. Que Estados Unidos se convierta en un acreedor de mediano plazo de la Argentina, establece un condicionamiento inesperado que excede en mucho el mandato de La Libertad Avanza. Para comprenderlo vale la pena conjeturar una situación. Por ejemplo: en 2027 llega a la Casa Rosada Axel Kicillof. Y advierte que en 2028 tiene un vencimiento de los bonos adquiridos por los Estados Unidos. Es decir, advierte que depende de la buena voluntad de la Casa Blanca para que le renegocien esa deuda. ¿Esa dependencia no influiría en su política exterior? Es lo que le sucedió a Milei frente a Xi cuando debió renovar el swap en yuanes: los chinos dejaron de ser criminales comunistas para convertirse en gente que quiere hacer negocios sin que la molesten. Ataduras que deben ser muy irritantes para un Presidente que ayer despotricó porque instituciones multilaterales, como las Naciones Unidas, limitan la soberanía de los estados nacionales.

En la atmósfera existen otras condiciones, de cumplimiento mucho más dudoso. Por ejemplo, la pretensión del gobierno norteamericano de que empresas de su país adquieran reservas mineras en la Argentina. Sobre todo de las valiosas tierras raras que son un insumo estratégico de la industria digital. En esta materia es poco lo que Milei puede prometer. Los recursos del subsuelo son de las provincias. ¿Será por eso que el nuevo embajador de Trump, Peter Lamelas, dijo que las recorrería una por una?

El contexto regional es otro factor que explica el respaldo tan contundente que Milei recibió de Trump. El gobierno de la Argentina es el único, de un país de volumen considerable, que se declara amigo de Washington. Los de México, Brasil, Colombia, Venezuela, Chile o Uruguay, están en la vereda de enfrente. Aun cuando anteayer se haya descongelado la relación entre Trump y Lula da Silva, que se entrevistarán la semana que viene. Hay que tener en cuenta, además, una circunstancia particular: en Chile, en Colombia y, con más lentitud, en Brasil, se están cursando campañas electorales. ¿Qué representaría para las derechas de esos países un derrumbe de Milei como el que se estaba insinuando la semana pasada?

El comunicado de Bessent incluyó otra afirmación tan hermética como relevante. La ayuda que se decidió será implementada después de las elecciones. ¿Quiere decir que esa ayuda, o las condiciones para conseguirla, dependen del resultado del 26 de octubre? Es imposible saberlo. Sin embargo, hay algo que está claro: de Milei no se espera sólo que modifique algunas líneas de su programa macroeconómico. También debe garantizar solvencia política.

De todos los enigmas que pesan sobre la vida pública acaso el más importante se refiere a cómo Milei interpretará lo que le sucedió en la última semana. Puede interpretar que, debido a los numerosos errores cometidos, estuvo a punto de desbarrancarse hacia el abismo hasta que una mano poderosa lo sostuvo. O creer que, debido a sus virtudes y sus éxitos, el presidente de los Estados Unidos acaba de premiarlo. El salvataje financiero puede ser leído, entonces, como un socorro en la emergencia o como una condecoración.

El modo en que él resuelva esta disyuntiva es crucial para el futuro de su experiencia en el poder. Bessent revirtió las expectativas funestas del mercado financiero. Pero todavía quedan por revertir las expectativas de una parte de la sociedad que está desilusionada con Milei. Para lograrlo debe encontrar un discurso electoral. La crisis financiera de la semana pasada y el salvataje con que Trump vino a interrumpirla abrieron una herida en el corazón del oficialismo. Para cualquier grupo político una tormenta de esa naturaleza es perniciosa. Pero lo es mucho más para uno que ofrece, casi como único beneficio, eficiencia en el manejo de la economía. Con el dólar a 1500 pesos y el riesgo país en 1500 puntos Milei perdió la infalibilidad que muchos le adjudicaban en aquella materia por la que ingresó a la política. Ahora tendrá que explicar que la receta no esconde una falla. Aquellos que estaban convencidos de que el trabajoso equilibrio fiscal era una garantía suficiente de estabilidad material, se estarán preguntando qué pasó. ¿Ese equilibrio era un mito? ¿O hay variables ajenas a lo fiscal que pueden también desencadenar un huracán? Este es el marco conceptual de un problema operativo: ¿los miembros del equipo del Palacio de Hacienda, con Caputo a la cabeza, se animarán a mirar a los ojos a Milei para formularle las severas reservas que tienen ante algunas de sus decisiones de política económica?

Hay otra dimensión de la gestión que funciona como una usina de crisis permanente. El internismo feroz. El Presidente se vanaglorió en su momento de haber forjado un “triángulo de hierro”. Una descripción que dejaba la sensación de solidez e invulnerabilidad. Sin embargo, ese “triángulo de hierro” se ha convertido en una fuente incesante de conflictos. Sobre todo por los enfrentamientos del “Mago del Kremlin”, Santiago Caputo, con el equipo de Karina Milei, por no decir con la misma Karina Milei. Una versión insistente afirma que en la última reunión de gabinete, cuando Milei, aconsejado por el “Mago”, insinuó que prescindiría de los servicios de algunos colaboradores de su hermana, ésta amenazó ya no con retirarse del Gobierno, sino con irse del país. Habladurías.

Así como la receta económica se mostró, por su diseño teórico o por su defectuosa puesta en práctica, insuficiente, la estrategia de marketing comenzó a dar resultados adversos. La suposición de que La Libertad Avanza estaba en condiciones de encarnar una nueva hegemonía no dañó tanto a los opositores como a los aliados. Esa rivalidad innecesaria terminó impactando en el Congreso y provocando derrota tras derrota. Las diatribas contra la casta terminaron alejando a los socios. Al mismo tiempo, una de los dispositivos cruciales del proselitismo de Milei, la hiperactividad militante en las redes sociales, se volvió contra el Gobierno. La jauría tuitera del “Mago” Caputo se dedica en las últimas semanas a insultar a figuras principales del oficialismo, empezando por el jefe de Gabinete, Guillermo Francos. Curiosa coincidencia: ahora se suman al ataque legisladores más o menos cercanos a La Libertad Avanza. Las agresiones empezaron, también es llamativo, cuando Francos propuso investigar si durante la gestión de Sergio Massa se cobraban coimas a cambio de otorgar autorizaciones para las importaciones. La disputa interna no cesa ni ante el peligro de extinción. El match que se libra en estas horas es por el mérito de haber conseguido la ayuda de Trump: ¿Hay que agradecerle al canciller, Gerardo Werthein, un mimado de Karina? ¿O al hiperconectado empresario Leonardo Scatturice, íntimo del “Mago”? Los libertarios se han vuelto caóticos. ¿TMAP?

Milei debe ordenar su propia casa si desea traer invitados. Es muy posible que para regenerar la confianza deba recomponer su equipo. Tal vez, incorporar a aliados. Es un ajedrez en el que la figura y el rol de Mauricio Macri se vuelven muy relevantes. Pero es imposible emprender esta reconstrucción si las señales que emite el equipo más íntimo del Presidente hacen pensar en la anarquía.

La temible turbulencia de la semana pasada fue interrumpida por la ayuda de los Estados Unidos. Pero las razones que llevaron a ella siguen vigentes. A Milei parece haberle llegado la hora que les llegó a muchos de sus antecesores: el momento en que una crisis obliga a mirar la escena desde cero para, después, resetear la administración. Sólo así recuperará, para octubre, un discurso de campaña que hoy no tiene. Salvo que el Presidente y su equipo crean que alcanza con decir “Kirchnerismo nunca más”. En otras palabras: salvo que crean que alcanza con definirse contra algo.

El peronismo, en cambio, acaba de encontrar un argumento. Patria sí, colonia no. Vuelve a su raíz: Braden o Perón. Todo en sepia. Pero acaso sean consignas eficaces para retener a sus votantes. Bessent colabora cuando sugiere: “Vamos a ayudar, pero si votan bien”.

Además de agitar el sentimiento nacionalista, la dirigencia del PJ prepara algunos dardos de campaña. Uno de sus blancos preferidos es, como siempre, Patricia Bullrich. Es la candidata del oficialismo a la senaduría porteña, una competencia en la que los candidatos de Milei tienen todas las de ganar. Desde el kirchnerismo agitan el último fallo del Tribunal Oral Nº 8 en el que se revelan, con demasiados detalles, la conexiones entre la actual ministra de Seguridad y el insólito agente informal de inteligencia Marcelo D’Alessio, para manipular causas judiciales durante la gestión de Juntos por el Cambio. El pronunciamiento de los jueces es delicado, porque se proyecta sobre otras causas en las que D’Alessio habría realizado sus maniobras. Una es la que se sigue por la compra de gas natural licuado durante las gestiones kirchneristas, cuyo desenlace se conocería el martes próximo. La otra, mucho más grave, es la de los cuadernos de las coimas, investigada en este diario por Diego Cabot. ¿Hubo extorsiones para excluir a algunos empresarios o funcionarios del expediente judicial? La guerra electoral en la Argentina se libra en tribunales.

Cuando el genial Juan Carlos Torre evoca su paso por el Ministerio de Economía, durante la gestión de Juan Sourrouille, afirma que, si quiere alcanzar el éxito, todo plan de estabilización tiene que contar con tres condiciones. Debe tener solidez técnica. Debe ofrecer una tierra prometida que justifique los esfuerzos. Y debe contener, sobre todo, a las víctimas de su ejecución. Quiere decir que un programa de estabilización económica es un artefacto político.

Milei regresa de los Estados Unidos y debe revisar las características generales de su programa con la misión de recrear expectativas positivas. Sólo si lo logra, alineará a buena parte de la clase política detrás de sí. Los dirigentes no adhieren a un líder porque simpatizan con el líder. Lo hacen porque temen el castigo de la gente que confía en ese liderazgo. Sin que se restituya esa confianza colectiva será imposible constituir un oficialismo, es decir, un sujeto capaz de gerenciar reformas en los próximos dos años. Es algo que no provee Trump. Eso lo tiene que lograr Milei.