

Las coimas en el Senado no existieron. Es ampliamente probable que la gran mayoría de los argentinos siga creyendo que sí, a pesar de la extensa investigación judicial y del juicio oral y público. En él, quedó demostrado que ninguno de los pretendidos hechos sucedieron. Doce años después, un tribunal oral dictó la absolución del expresidente Fernando de la Rúa y de un grupo de funcionarios.
La infamia de los sobornos en el Senado comenzó con la “mentira” sobre la famosa tarjeta de débito con la que el entonces ministro de Trabajo habría supuestamente comprado algunos votos peronistas (no todos). La falaz versión fue proferida por el ascendente Hugo Moyano, entonces disidente aunque desesperado por ser el jefe del establishment sindical y de sus resortes.
A pesar del boicot y de las protestas lideradas por Moyano y otros, la media sanción de la ley de reforma laboral había sido modificada y votada por dos tercios de los 59 senadores presentes, entre ellos los peronistas Antonio Cafiero y Eduardo Menem. El gobierno de la Alianza había logrado un consenso histórico. De no ser por el inicio de la conspiración, la Argentina habría contado muy probablemente con un marco laboral moderno antes del final de 2001.
La mentira capital de Moyano fue rumor y se transformó en casi un hecho en boca del senador Cafiero, quien la transmitió a periodistas como fuente creíble. Nunca la mentira y los rumores salieron de las “versiones”, incluso cuando inventaron un “anónimo”. Éste no era nada más que un papel “oficializado” por el entonces vicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez, quien dio lectura al apócrifo en el Senado. Tiempo después, usaría la mentira como parte del relato para justificar su renuncia y abdicar de la responsabilidad política por él asumida y conferida por la mayoría del electorado.
El humo puesto en boca de actores políticos “respetados”, reproducido por periodistas profesionales y medios serios adquiere otro matiz: sonaba verdadero aunque no lo fuera.
El humo puesto en boca de actores políticos “respetados”, reproducido por periodistas profesionales y medios serios adquiere otro matiz: sonaba verdadero aunque no lo fuera. Siempre listos, emergieron los denunciantes oficiosos que fotocopiaron el anónimo con forma de denuncia penal. Eso que debía ser rechazado sin discusión, fue aceptado en algún tribunal más oficioso que los denunciantes. Este era el escenario buscado por los que, conjurados o no, habían decidido voltear a un gobierno civil y electo democráticamente. A cada uno de los beneficiados, la mentira original le vino como anillo al dedo. Así, se fueron encadenando acciones y consecuencias nefastas para la República diezmada.
Carlos "Chacho" Álvarez será el embajador argentino en Lima https://t.co/iYwGa1gmOx pic.twitter.com/tvSdzuSrDa— Agencia Télam (@AgenciaTelam) January 18, 2020
