domingo, 13 de noviembre de 2022

"Huellas en el mar", por Nicolás Lucca... ¡PARA LA EMOCIÓN!

 



“Autos, jets, aviones, barcos: se está yendo todo el mundo; ves cómo la Cruz del Sur está cambiando de rumbo”. (*)

Gabriela tenía 21 años cuando consiguió una beca en Estados Unidos. Ocurrió en 1982 y aún vive allí. Es la mejor amiga de la infancia de mi madre y la he visto numerosas veces, cuando venía de visita. A finales de 1988 me trajo una caja de Lego y fue como si me hubieran regalado un lingote de oro. Solo ese mes la inflación había sido de 386%.

Gabita se enamoró en el Norte, tuvo dos niñas hermosas y la Argentina perdió para siempre una brillante Doctora en Economía. 

Desde muy chico viví lo que es tener personas queridas que se alejan, que se van. Cuando se tiene unos cinco o seis años, da igual que te digan que viven en Maryland o Plutón. Es otro planeta. Pero para mí era normal: gente afuera, padres que te cuentan de tíos que no conocés, etcétera. 

La llegada de la Convertibilidad fomentó que miles de personas también se tomaran el palo gracias a las bondades del 1 a 1. Como para no hacerlo. Yo no lo entendía, si acá se ganaba bien y se vivía bien. Al menos es lo que yo percibía, dado que venía de un período de demasiadas privaciones como para no sentirme en el primer mundo gracias a poder irme de vacaciones a un camping en Mar de Ajó. 

Los números tienen la maldita manía de no tener piedad. Cuando mi abuelo arribó a la Argentina, el PBI per capita era 2,5 veces superior al de su Calabria originaria. Para la década de 1990, la Argentina tenía la mitad del PBI italiano. La comparación con España era aún peor. 

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“Aeroplanos cortando el celofán de un cielo tropical abriendo surcos para llevar hacia el exilio, la vuelta, a los que ya no aguantaron más”.(*)

La hermana de mi abuelo –de ahora en más, la Tía– fue una mujer adelantada en muchos aspectos. Nacida en un conventillo en Boedo, decidió romper con todo mandato y estudiar Derecho. Apenas tenía para viáticos y no siempre: viajaba gratis con el guiño del chofer. Los materiales de estudios los costeaba de caradura, la única salida. O sea, se llevaba los libros de la biblioteca o pedía prestado. Sentada en algún banco de Plaza Francia pasaba las horas transcribiendo. La pobreza le jugó a favor y, cuando quiso darse cuenta, tenía todos los manuales y tratados grabados en su cabeza. 

A mediados de la década de 1960 concursó para un cargo de Jueza en lo Civil. Pero la Argentina vivía de golpe en golpe. Nunca tuvo en su vida militancia política, creo que jamás la escuché decir nada positivo de ningún político, y no era precisamente simpatizante de Juan Domingo. Le llegó la designación en 1973. Firmada por Perón. La historia maneja un humor negro que Netflix desaprobaría por extremista. 

La dictadura arribada en 1976 obligaba a que los jueces juramentaran nuevamente sobre el Estatuto del Proceso de Reorganización Nacional. Muchos aceptaron, como Eugenio Zaffaroni. La Tía se negó por constitucionalista. 

Para redondear, tuvo que rajarse del país con su nueva pareja. El camino conocido por casi todos: Paraguay clandestinamente, Venezuela, Ciudad de México. Se quedaron sin un peso y, como ocurre con cualquier abogado, el título se lo tuvo que meter donde no pega el sol ni bien cruzó la frontera. Ella hablaba perfecto inglés. Su pareja manejaba un francés nativo. Decidieron recalar en Canadá y vivieron por años con los ingresos proporcionados por las clases de español; ella a los angloparlantes, él a los otros. 

Nunca tuvieron hijos, todos sus padres habían fallecido, pero así y todo pegaron la vuelta. No en 1983. No en 1984. Recién en 1987, cuando les alcanzó para alquilar un monoambiente en el microcentro, pude conocer a una de las mujeres más fascinantes que la vida me presentó. 

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Solemos decir que la Argentina es un país de inmigrantes. Habría que tacharle la primera sílaba: somos un país de migrantes. Si les llama la atención la cantidad de veces que escuchan un acento extranjero en el país, imaginen lo que era vivir en la Buenos Aires de 1910, donde una de cada dos personas era extranjera. Y de toda esa masa migratoria, solo el 30% provenía de España. O sea: de pedo hablamos castellano.

Pero también tenemos una enorme masa de argentinos por el mundo. Gente que se fue y no volvió nunca más salvo alguno que viene a saludar a la familia. Hasta que ya no le queda nadie y lo perdimos para siempre. 

Y no sé por qué tenemos grabado a fuego que el exilio es lo peor que nos pasó como movimiento humano. Obviamente, a nadie le gustaría tener que elegir entre irse del país o irse de la vida, pero la inmensa mayoría de los que fueron expulsados por la dictadura o escaparon de ella, volvieron ni bien se restablecieron los derechos y garantías constitucionales. No fue el caso de los profesores universitarios de la época de Onganía, pero vamos, se entiende el punto. Hablo de cantidad de personas. 

Es muchísimo más grave la salida del país cuando ninguna autoridad te expulsa y, así y todo, no ves otra salida que no sea esa puerta que se abre con un pasaporte. 

Desde hace décadas tenemos un fenómeno migratorio que nadie se ha atrevido a analizar antropológicamente: somos el país de la región en el que la mayoría de los emigrantes son calificados. No huyen del hambre, no escapan de una dictadura, no rajan de la guerra. Se van con títulos universitarios. Parten de una tierra en la que se requiere cada vez más mano de obra calificada para el desarrollo. Se van de un país en el que el desarrollo consiste sólo en obras de construcción con banderas de la UOCRA. 

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“Nos quedamos por tener fe, nos fuimos por amar. Ganamos algo y algo
se fue: algunos hijos son padres y algunas huellas ya son la piel”.(*)

 

Mateo tiene 28 años. Coti, su pareja, 27. Ambos estudiaron carreras vinculadas a la industria productiva. Quizá, si hubieran seguido las noticias del país desde que nacieron, se habrían dado cuenta que la clave estaba en estudiar alguna carrera improductiva para pegar algún cargo en el Estado y dedicarse a analizar por qué el país no produce. 

En plena pandemia se tomaron el palo. Hartos de no tener laburo, hartos de no poder siquiera buscar laburo. Hoy viven, trabajan y disfrutan de la vida en Berlín, Alemania. Dejaron a sus familias aquí y solo vienen de visita cuando ocurre algún evento que lo amerite. Sí, de no tener empleo a poder viajar de visita a un lugar que queda a 14 horas de vuelo. 

Si le preguntan a cualquiera de ellos dos si volverían a la Argentina en caso de que la situación se normalice, dicen que no. Ya está, los perdimos. 

Mary tenía 26 años y tres de recibida cuando en 2017 decidió buscar aventuras en Australia. Consiguió un laburo que le permitió capacitarse en España y volver. Volver a Australia. A la Argentina no la tiene como opción porque “conoció algo mejor”. 

Inés es arquitecta. Nunca le faltó trabajo, al igual que a Ignacio, su marido ingeniero. El miedo a que la crisis económica los arrastre los llevó a probar suerte a Italia, primero, luego a España y, finalmente, recalaron en Melbourne, Australia, donde de paso se sumaron a otro grupo de amigos argentinos recién llegados. 

Paz cuenta con 30 años y, entre familias y amigos, vio partir a 19 personas en un lustro. Sus personas, sus afectos. 19 es demasiado hasta para escucharlo. Ella también se «recontra iría». Pero surge el freno. A diferencia de todas sus amistades –y de todos los casos que cité arriba– ella tiene esposo e hija. A algunos los hijos los frenan salvo que tengan todo cocinado en el país de destino. No se puede “probar suerte” cuando hay bocas que alimentar. Y con todo ese detalle, igual se nos van familias deseadas en el exterior por lo mismo que aquí son despreciadas.

¿Recuerdan el programa televisivo Argentinos por el Mundo? La idea era genial: conocer una ciudad del planeta bajo la guía turística de un argentino residente en ese lugar. El lado B del programa era lo que me llamaba la atención. Y es que podés tirarte con paracaídas de un avión sin fijarte en qué parte del planeta estás que al aterrizar te encontrarás a un argentino. ¿Piensan que es casualidad o que, en algún punto, sienten que pueden vivir mejor en Edimburgo de los Siete Mares, a tres mil kilómetros en barco de la ciudad más cercana, que en su tierra natal?

Hace unos días se produjo una polémica cuando el maniquí que tenemos por Directora de Migraciones quiso desmentir a Macri al publicar que durante 2019 se fueron del país 50 personas por día mientras que en 2020 se fueron 18. Yo no sé si estaría tan orgulloso: salir del país en 2020 era el cruce de los Andes en monopatín. Y así y todo se nos fueron. 

Pero ahí estaba la doña sin ser honesta en el resto de la información que es la que realmente duele: el nivel educativo y la capacidad laboral de cada uno de los que se fueron antes, durante y después. Porque el fenómeno migratorio es permanente y ocurre en cualquier país. Es prácticamente imposible determinar quiénes se van para siempre y quiénes por un tiempo. Pero en ese 2019 –último año con estadísticas globales disponibles por razones obvias– Italia tuvo tres millones de ciudadanos que cruzaron la frontera, Alemania cuatro millones y Afganistán cinco millones. Recoleta se ha convertido en Little São Paulo con 80 mil residentes permanentes brasileños. Probablemente cada país tenga un motivo distinto, pero la gente migra todo el tiempo por infinidad de causas. Nosotros lo sufrimos. Nuestra migración duele. 

Lo que sentimos, al menos los que vivimos en la Argentina, es que nos quedamos cada vez más solitos, que los padres pierden a sus hijos, que los hermanos se van. Que no tenemos con qué retenerlos por un montón de dinámicas que, en algunos casos son absolutamente personales –progreso en los estudios, oportunidades laborales imbatibles, ganas de conocer el mundo– pero que en gran parte tienen que ver con este lugar en el que el noticiero anuncia cuándo se cobrará la segunda cuota del seguro alimentario de los jubilados. 

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“Te vas a ir, vas a salir, pero te quedas ¿dónde más vas a ir?”(*)

 

El movimiento migratorio no es solo hacia afuera. No sé si dimensionan el desplazamiento interno que ha vivido este país en las últimas décadas. Mi madre, que nació en Ciudadela, apenas cumplió 62 años. Sus fotos de la infancia en el barrio más pegado a Liniers que existe, muestran una zona con más verde que la Reserva Federal de Estados Unidos. Allí hoy existe cemento por kilómetros. De hecho, si tomamos el concepto de conurbanización y nos dirigimos por la Ruta 9, estamos a solo 20 kilómetros de viviendas para poder decir que Rosario y La Plata son parte de un mismo conurbano, a pesar de estar a 360 kilómetros de distancia una de la otra. Y eso no es normal en un país de casi 3 millones de kilómetros cuadrados.

Hace exactamente dos años, la Vicepresidente de la Nación comenzó a comparar los recursos que le faltan a La Matanza con los destinados al “mantenimiento de los helechos” de la Ciudad de Buenos Aires en la que vive. Comparó un municipio con un distrito autónomo con rango de provincia. Sin que se hubiera llevado a cabo el censo, dijo que en La Matanza vive casi la misma cantidad de habitantes que en la Capital: dos millones. En realidad en la ciudad de Buenos Aires viven 2.9 millones, pero sabemos que Cris nunca fue buena en matemáticas. 

Algo que no contó: según el censo de 2001, en La Matanza vivían un millón de habitantes. ¿Qué pasó que duplicó su población en menos de veinte años? Cualquiera que conozca la zona sabrá lo que han crecido en extensión las barriadas marginales. La inmensa mayoría desplazados provienentes de provincias argentinas. 

Provincias en las que sus economías productivas se alejaron de todo desarrollo y volvieron al extractivismo colonialista minero, forestal o petrolero. No conseguís laburo en la mina, no tenés un tío que te meta a laburar en el Estado, no tenés guita para abrirte un kiosco. ¿A dónde vas a vivir? Lo más cerca posible de la gran ciudad con la esperanza de sobrevivir. Ah, pero El Modelo y coso. 

No dejo de pensar en la implicancia psicológica de alejarse. Se sabe: cuanto más lejos queremos estar de alguien es porque más daño nos hace su presencia. Algunos nos mudamos de barrio, otros de provincia. Y si bien hay argentinos que se fueron a Saigón, también tengo esperanzas: no hay oleadas hacia Japón sino a lugares que inevitablemente tendrán algo que recuerde a la Argentina.

Una Argentina a la que no le queda otra que subir en cuanto estos dementes me dejen sin laburo al cesar el daño e irse a sus casas. 

La semana pasada recibí algunos mails un tanto intimidatorios por lo dicho sobre la estafa de proteger la decadente industria textil. Voy al otro extremo: tenemos el Dubai del litio y una de las mejores manos de obras capacitadas en producción automotriz con sedes de las mejores empresas del mundo. Pero el gobierno, en vez de dejar que Vaca Muerta sea definida por el mercado internacional y dedicar sus energías al fomento automotriz eléctrico para su exportación a los culposos europeos, aún apuesta al petróleo. ¿Cómo es que no somos el principal exportador de autos eléctricos del mundo? ¿Alguien me puede explicar por qué solo vendemos piedras que afuera convertirán en baterías de litio? ¿Por qué son tan, pero tan burros que no ven lo que tienen en sus narices? 

¿Saben cuánta gente saldría de la pobreza en una dinámica laboral en la que el Estado se dedique a garantizar que el laburante pueda laburar y el empresario a emprender? Yo sí lo sé. Mis abuelos nacieron en conventillos o llegaron tras dos meses de barco con solo una valija. Y aquí me tienen.

Según el manual de diagnóstico de la Asociación Norteamericana de Psiquiatría (APA por sus siglas en inglés), una de las características más fuertes de mi desorden es el “esfuerzo frenético para evitar un abandono real o imaginario”. Después me preguntan por qué tengo el electrocardiograma plano. ¿Para qué encariñarme? Odio que se vaya la gente que quiero. Odio que no haya forma de retenerlos. Odio a los que no les dejan alternativas porque el que se va casi nunca vuelve ni aunque mejore todo. Odio a los que se ofenden por decir que odiar es tener discurso de odio. Como si el odio no fuera un sentimiento, pelotudos. 

Ojalá dejemos de pensar en la Ezeiza del aeropuerto como puerta de salida y vuelva a ser solo el sinónimo de la cárcel federal como puerta de entrada de los que delinquen contra el Estado.

Quiero a mi gente de vuelta. 

Los odio.

“Quizás mañana alguien viaje para este país. Lo podremos saludar. Dame amor
hasta mañana, hasta que te quieras ir… Siempre puedes olvidar”.(*)

(*)Todas las frases entrecomilladas de este texto pertenecen a canciones de Charly García. Algunas son de la época de la dictadura. Pero otras de plena democracia. Y cuando era adolescente comenzó a llamarme la atención ese fenómeno: que de la muerte no es lo único de lo que uno huye. 

(Relato del Presente) 

13 comentarios:

  1. UN TEXTO BRILLANTE
    CON LETRAS DE CHARLY(LASTIMA Q SE VENDIO A LAS KUKAS)

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  2. Muy buen relato! Como todo lo de Lucca! Pero hay dos cosas q no comparto con él. Una, pq conozco "algo": los autos eléctricos no sirven! (verso, chamuyo, engaño, como el cambio climático)
    Y la otra, q sufra por los q se van...

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  3. Demasiado largo, me gusta mas la gente que se expresa con pocas palabras y el mensaje llega igual

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  4. Malargoqueputeadadetartamudo.

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  5. TRES EXCELENTES DOCUMENTALES PARA VER Y ENTENDER, COMO SE VAN UNIENDO LAS PIEZAS DEL ROMPECABEZAS Y POR QUE EL MUNDO ESTA COMO ESTA!!!!!!!



    Tremendo Documental para entender como se MILITARIZARON EL USO DE LAS REDES SOCIALES para Hackear tu Libertad

    https://rokfin.com/post/107778


    DOCUMENTAL: La Sociedad Secreta de la Elite. La obra de Carroll Quigley

    https://youtu.be/G0V9f1YFfsY


    Masonería en la Iglesia. A propósito de la muerte de Juan Pablo I.
    https://youtu.be/suA5o2sbNTY

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  6. la cobardia la idiotez y el egoismo hace que la gente no se una y luche
    escapan en vez de enfrentar y que el delincuente huya
    si no esta realidad de mierda no seria posible

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  7. Me fui, porque me cansé de remar y ver mis impuestos en manos de piqueteros o en las joyas que se carga en el cuello ella. Soy parte de la salida x Ezeiza con lágrimas .

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  8. Es cierto que la gente joven y medianamente joven se va a granel. Lo que me espanta es el orgullo conque los parientes dicen que se fueron al exterior. Tal vez esa gente ya tenga una renta asegurada, pero no se dan cuenta que -no teniendo nada que perder y habiendo perdido su familia, deberían hacer su aporte ético para cambiar esta realidad. No son tan viejos, pueden tener entre 60/70 años. Hay muchos políticos de esa edad en actividad, empezando por la kk

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    1. Es por culpa de los de 60 y 70 que los jóvenes heredamos este país tercermundista.

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  9. Hace 30 pirulos me fui. Hoy leo el diario y veo la misma mierda de esa epoca que tambien es la misma mierda de cuando iba a la secundaria.
    Encima ahora se nos esta llenando el pais de basura extranjera. Si, basura. Lo que vale no viene porque no le conviene. A lo que no vale le abrimos las puertas y le damos todo gratarola...por un puto voto.En fin, me morire y mi pais seguira como un velero sin rumbo.

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  10. Que denso el que escribe! Empece a leer pero abandone...no termina nunca.

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  11. Me iría pero la verdad que no puedo, ya estoy grande, no soy un pibe, este es un país cárcel para los que tenemos hijos, bienes y carreras universitarias ¿cómo hacer? ¿vender todo? si no se puede sacar el dinero ¿alquilar tus propiedades? ¿malvender todo? ¿regalarlo? ¿y los afectos? padres, hermanos y abuelos grandes ... pero después ves que te pueden matar por robarte unas zapatallas y te lo volvés a preguntar porque lo material no vale una vida ... tengo parientes viviendo en el exterior, casi todas las familias tenemos a alguien viviendo afuera y a esto sumale que son miles de familias que perdieron familiares por la inseguridad .. se calcula que más de 70 mil desde la irrupción del kirchenirismo! y si contás a las víctimas del pésimo manejo de la pandemia .. es casi un genocidio!

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  12. Hace 16 años me fuí y cada vez que volvía a visitar encontraba mi antiguo barrio cada vez peor. Lleno de cabezas,
    invadido por venezolanos, los degenerados que por la noche salían hoy ventilan su desviación sexual a plena luz del día, la gente cada vez mas agresiva y maleducada, apenas se puede caminar por la calle por el excesi de gente que hay acumulada en la Ciudad, noticieros bombardeando con agenda de género, propagandas progres, edificios descuidados, gente que ya no está mas porque falleció o también se tomó el palo a otro país. Ya casi no me queda nada en Argentina para visitar, solo el marido de mi mamá y una amiga suya. Hasta mi hermano menor se suicidó en julio, ni él me queda allá. Si alguna vez vuelvo va a ser para mostrarle a mi hijo de donde vengo. Es un país roto, demasiado inseguro. Es una lastima.

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